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Los festivales desde sus diferentes facetas

Colombia es un país de festivales. Hay fiestas religiosas, fiestas paganas, carnavales. Hay todo tipo festivales artísticos, de teatro, étnicos y hasta gastronómicos. Hay ferias artesanales, editoriales y mercados musicales. Congregan a miles de personas, movilizan el sentimiento de pueblos pequeños y grandes ciudades. Y, por supuesto, impactan sus economías. Aunque no existe un inventario exhaustivo a nivel nacional, se sabe que en 2010 alrededor de 500 de estas manifestaciones culturales eran apoyadas por el Programa Nacional de Concertación del Ministerio de Cultura y unas 260 por el Plan Nacional de Música para Convivencia.

 

Su importancia es, ante todo, cultural. Según Olga Pizano et. al. , los festivales son un “conjunto de manifestaciones culturales materiales e inmateriales que una sociedad hereda, interpreta, dota de significado, se apropia, disfruta, transforma y transmite; es referencia para la identidad, fuente de inspiración para la creatividad y sustento para las proyecciones de futuro de los individuos.”

 

En reconocimiento de ello, la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Mundial Inmaterial de Unesco concibe los festivales como parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En Colombia, la ley 1185 de 2008 incluye el patrimonio cultural inmaterial, esencia de los festivales, en el campo patrimonial. Y crea la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial –LRPCI-,que es un conjunto de manifestaciones relevantes del PCI que cuentan con un plan especial de salvaguardia y que son objeto de una especial atención del estado por ser expresiones representativas de la diversidad e identidad de las comunidades y colectividades que conforman la nación.

 

Los festivales son también valorados como acontecimientos que propician mejoras sociales. Su valor como legado cultural para las generaciones venideras; la importancia que tienen en la formación de las identidades nacionales y regionales; el papel que tienen en la cohesión de las comunidades que a ellos asisten; la posibilidad que brindan de compartir una experiencia valiosa y festiva a los miembros de la comunidad; su configuración como lugar de encuentro de grupos sociales diversos -raza, edad, origen geográfico, ingresos económicos, creencias, tendencias y gustos-; el prestigio nacional e internacional que imprimen a los lugares donde se realizan; su capacidad de crítica e innovación frente al statu quo del arte y de las cosas; el incremento de las posibilidades de consumo de la comunidad local a partir de una oferta cultural ampliada; o la inclusión de la comunidad local en la preparación y desarrollo del festival, son ejemplos de las vías por las cuales los festivales pueden aportar de manera positiva a las sociedades que los realizan.

 

Un broche para la muestra. El festival de teatro Ethnic Roots hace parte de los diez festivales cuyo impacto –económico, social y cultural- ha caracterizado el Observatorio de Cultura y Economía (OCE) a lo largo de los dos últimos años. Se lleva a cabo desde 1999 en la isla de San Andrés. Con una programación que cuenta con grupos locales, nacionales e internacionales de teatro, títeres, danza y audiovisuales, este festival es reconocido por los artistas participantes y por el público local como un espacio único e insustituible en la vida cultural del Archipiélago. Con recursos limitados cumple a cabalidad su objetivo de fomento de actividades escénicas y de sus públicos en esta zona del país tradicionalmente marginada y privada de una oferta cultural de calidad. Posiblemente lo más interesante ocurre a nivel social. Tiene una programación infantil que se lleva a cabo en tres escenarios en las instalaciones del ICBF y congrega a más de una centena de niños de la isla. Son espacios de estímulo a los niños y jóvenes para que se involucren en el movimiento cultural de la isla y a formarse como creadores y público para el teatro. El festival se realiza gracias a una real participación e inclusión de la comunidad y de los artistas en las labores de diseño y producción.

 

Del estudio realizado por el OCE, no es posible afirmar que todos los festivales generen dinámicas positivas en lo social. De hecho, los más multitudinarios, por lo general, pueden llegar a generar incluso efectos nocivos, como inseguridad, mal tratamiento de basuras y desechos, o exclusión de la comunidad de los procesos de diseño y celebración. Pero sí es posible establecer que aquellos festivales que se gestionan con un sentido social manifiesto, que miran a su público como algo más que receptores pasivos de las manifestaciones culturales,se configuran como reales agentes de mejora social. Ejemplos de este tipo de festivales son, además del EthnicRoots, el Encuentro de Alabaos, Gualíes y Levantamiento de Tumbas, o el Festival de Cine y Video de Santafé de Antioquia.

 

Pero quizás la faceta menos advertida de los festivales, es la económica. Muchas veces los festivales no sólo se configuran como acontecimientos de importancia cultural y social, sino como eventos generadores de ingresos y empleo en las economías locales. Especialmente cuando se trata de grandes festivales, como por ejemplo el Torneo Internacional del Joropo, también estudiado por el OCE, que es un evento de gran impacto en la economía de Villavicencio. Tan sólo la programación cultural del Torneo inyecta en la economía de Villavicencio $790 millones y genera 350 empleos temporales. El impacto indirecto del Torneo sobre la economía de la ciudad, generado por los gastos de asistentes provenientes de otros municipios, es muy importante y se estima en cerca de $6.900 millones, los cuales se reparten en sectores como el de las comidas y bebidas, el turismo, el entretenimiento, los hoteles, el transporte, el comercio formal e informal. Como este gran festival, se pueden citar el del Mono Núñez, el Festival del Bambuco y el Carnaval de Barranquilla. Todos de gran relevancia para las economías de las ciudades donde se realizan. También festivales más modestos en magnitud como el de Cine y Video de Santafé de Antioquia, generan impactos importantes sobre su región. Este festival representa para Santafé cerca de $1.900 millones en ingresos y 93 empleos temporales en la economía municipal.

 

Otro importante aspecto de lo económico, incluso para pequeños festivales con pequeño impacto en sus regiones, tiene que ver con la correcta gestión de los eventos. Los gestores por lo general cuentan con pocas herramientas administrativas y gerenciales, pero de la buena administración de los recursos depende que los festivales puedan ser sostenibles en el tiempo y que puedan prestar mejores condiciones de recepción a artistas y al público asistentes. Festivales de gran importancia cultural, como el de Tambores de San Basilio de Palenque, se verían muy beneficiados si sus capacidades de gestión se desarrollaran.

 

Por último, los festivales son ventanas naturales de difusión y comercialización artística. Sin embargo, es raro todavía encontrar un aprovechamiento del máximo potencial de los festivales en este sentido, pues pocas veces se implementan espacios de mercado para el encuentro comercial de los artistas y los agentes de distribución.

 

Este recorrido básico no tiene por objeto completar una caracterización de los festivales existentes, ni siquiera de los estudiados en los diagnósticos del OCE. El propósito es advertir que los festivales deben ser mirados desde sus múltiples facetas y complejidades. No siempre los grandes festivales, con alto impacto económico, son los que mejor recogen las demandas y necesidades culturales y sociales. No siempre los que dotan de sentido a sus comunidades, están bien manejados y llevan al máximo su potencial económico. Un equilibrio de estos factores, logrado por los gestores de cada evento con el concurso de estímulos públicos y del patrocinio privado, es el difícil desafío que se impone a los festivales.

 


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