Javier Andrés Machicado Especialista en economía de las industrias creativas. Investigador del Observatorio de Cultura y Economía 


Varias razones han hecho crecer el optimismo sobre el audiovisual colombiano. Los resultados de una Ley de Cine que entró en vigencia en 2004 hacen olvidar las cifras erráticas de producción nacional previas a la norma. Desde entonces se estrenan películas colombianas de manera más continua y se ha alcanzado un promedio de 12 largometrajes anuales. A esto hay que sumar la producción menos visible de documentales y cortometrajes, así como la financiación de programas de formación para los agentes del sector, de iniciativas para distribución de contenidos locales o de preservación del patrimonio fílmico. En estos ocho años, más de $130.000 millones han financiado proyectos a través del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico y de las inversiones de empresas privadas sujetas a los beneficios tributarios contemplados en la Ley. Todavía está por comprobar, sin embargo, que este flujo de recursos haya generado un dinamismo suficiente para convertir el sector en una industria cinematográfica propiamente establecida.

Otro aspecto que habla del momento del audiovisual en el país son los esfuerzos por involucrarlo en escenarios internacionales. Según el Ministerio de Cultura, desde la puesta en marcha de la Ley, 57 producciones nacionales han recibido 106 premios y reconocimientos en más de 40 festivales, incluyendo los de Cannes, San Sebastián, Venecia, Berlín y Sundance. La coproducción con países latinoamericanos, apoyada de manera especial por el Programa Ibermedia, ha permitido el estreno de películas como Del amor y otros demonios, Rabia y Contracorriente. La promoción de nuestro país como escenario para rodajes extranjeros, estrategia que lidera la Comisión Fílmica, ha traído producciones como El amor en los tiempos del cólera, con la que fueron invertidos en Colombia 15 millones de dólares, además de involucrar 85 actores, 6.000 extras y un personal técnico de aproximadamente 1.000 colombianos.

La producción para televisión ha tomado desde hace tiempo un cariz internacional. Entre 2000 y 2009, según el DANE, las exportaciones anuales de la televisión fueron en promedio de $40 mil millones de pesos. El principal producto de exportación del subsector corresponde a las telenovelas. Algunos de los ejemplos más representativos son Betty la fea (vendida en 85 países), Café con aroma de mujer (vendida en 72 países), El cartel de los sapos (vendida en 50 países). Un ejemplo actual es la distribución a nivel latinoamericano de series producidas localmente como Los caballeros las prefieren brutas de Canal Sony LA y Kdabra de Fox Telecolombia.

 

Foto tomada de Pequeñas voces

A pesar de las conjeturas sobre la pérdida de su importancia como medio de comunicación, la televisión sigue pasando por un buen momento. Según el DANE, en promedio el 81% de los colombianos ve televisión todos los días, el 85.3% de los hogares poseen al menos un televisor a color y el 56% entre dos y tres. El consumo diario de televisión promedio es de 2.4 horas diarias entre semana, y 2.9 horas los fines de semana. Se puede afirmar que la televisión sigue siendo el medio más masivo de cuantos existen. En una coyuntura en la que los medios impresos pierden mercado y disminuyen su participación dentro de la torta publicitaria a expensas de internet, la televisión mantiene su lugar preponderante en el mercado, según información de Asomedios. No es coincidencia la puja que ha surgido por el establecimiento de un tercer canal privado en el país, a pesar de las vicisitudes por las que ha pasado su reglamentación y adjudicación. Además, las perspectivas que ofrece la instauración de la televisión digital terrestre en el corto plazo, con la consecuente multiplicación de la demanda por contenidos audiovisuales, no deja de ser una buena noticia para los creadores y productores.

Pero el sector audiovisual enfrenta también varios desafíos. Si en términos generales la producción es prolífica, la distribución tradicional de los contenidos sigue siendo el cuello de botella de la cadena. Aunque la mayoría de largometrajes producidos está encontrando exhibidor, el éxito en el mercado varía enormemente. Si bien es cierto que los espectadores de cine colombiano acuden masivamente a las salas para ver unos pocos títulos comerciales, las producciones de corte más autoral rara vez diseñan una estrategia de promoción que logre llevar un público numeroso. Por su parte, los cortometrajes y documentales cinematográficos siguen teniendo muy poca probabilidad de encontrar ventanas comerciales.

En el caso del cine, los acuerdos de distribución internacional que con regularidad firman los productores locales, no siempre rinden los resultados esperados y no alcanzan a compensar los altos costos en los que muchas producciones incurren. Según Proimágenes, una película colombiana puede generar ingresos por ventas netas internacionales de máximo USD 300.000.

Como lo revelan estudios recientes elaborados por el Centro Nacional de Consultoría, varios fenómenos permiten seguir hablando de dinámicas de trabajo informales. El audiovisual es un sector poco especializado: gran parte de las empresas son unipersonales; las labores de dirección artística y las de producción técnica y administrativa siguen estando muchas veces en manos de una sola persona; la viabilidad económica de las empresas sigue pasando por la realización de una oferta demasiado diversa que va desde la creación autoral, que demanda mucho tiempo y energía, hasta la publicidad, que es la actividad que mejores ingresos reporta.

A lo anterior se pueden sumar las limitaciones en el desarrollo de habilidades creativas. El lenguaje de los creadores sigue siendo muy local y limitado. La ausencia de conceptos de dramaturgia en los creadores puede resultar en productos poco interesantes para los distribuidores y el público. No menos importante son las carencias en habilidades de gestión, pues los conceptos empresariales básicos, el conocimiento de las normas legales, las habilidades de negociación y ventas, o el bilingüismo, son capacidades escasas entre los productores. En el caso de la televisión, las producciones que no son compradas por encargo por canales privados nacionales o por canales internacionales por suscripción, suelen tener dificultades para encontrar espacios en las parrillas de los canales públicos, los cuales raramente coproducen contenido desde la etapa de desarrollo. Todo lo anterior ha generado un panorama de viabilidad económica difícil para el audiovisual que se produce para las ventanas de comercialización tradicionales.

Foto tomada de Meandros

Al tiempo que el audiovisual tradicional se debate entre aciertos y desafíos, viene surgiendo un grupo joven y creciente de realizadores que apuesta por las plataformas digitales y amplía lo que se entiende por audiovisual. Por el lado de la producción documental hay experiencias prometedoras. Meandros, de Manuel Ruiz y Héctor Ulloque, o El charco azul de Irene Lema, vienen buscando lenguajes y formatos interactivos para ser vistos y apropiados desde internet. Buenaventura mon amour, proyecto de ficción interactivo de Rhayuela Films va también por esta misma senda. La publicidad interactiva, que se alimenta del lenguaje cinematográfico y documental, también gana terreno. El sector de animación digital y los videojuegos sigue creciendo. Las empresas del sector de la animación digital localizadas en Bogotá han venido incrementado su facturación internacional en un 11% anual desde 2008. Los mayores ingresos del sector en el año 2009 corresponden a servicios de animación para clientes en el exterior con una facturación total de $5.473 millones.

Los consumidores del audiovisual también están viviendo drásticos cambios en sus hábitos gracias a internet y las plataformas digitales. Según el DANE y MINTIC, entre 2009 y 2010 se ha presentado un importante incremento en la población usuaria de internet, que pasó del 40.07% a un 48.4% en el país. Además, el 38% de estos usuarios sube contenidos generados por ellos a la red.

Aunque todavía no existe un modelo de negocio claro para la producción audiovisual interactiva, y aunque tampoco se conozcan producciones transmedia en el país -si bien su desarrollo se vislumbra en el futuro cercano-, las plataformas digitales ya están ofreciendo importantes escenarios para la distribución y consumo de contenidos audiovisuales. Aunque falta recorrer todavía camino para que se cumpla la promesa según la cual creador y consumidor audiovisual pueden relacionarse de manera directa en las plataformas digitales, replanteando el papel del distribuidor tradicional, las muestras de una nueva forma de hacer y experimentar los contenidos audiovisuales hoy son evidentes.